martes, 28 de julio de 2015

Pasante de Esperanza

Erase una vez. Y así comenzaba todo. Ella meneaba su café como para marearse con él, y sorbía de a poco para que no se le acabase la compañía. Allí seguía esperándolo, sentada con su apoyo firme en el suelo marmoleado, la mirada filosa, vestida como para cualquier ocasión, no titubeaba, ni dejaba que la bruma la abstrajera en su embrollo, se concentró en idear la forma en que entraría, velozmente clavando su mirada por doquier, y ella allí, ensayando su mirada para hipnotizar y doblegar, pero el reloj cabalgaba minuto a minuto y avanzaba en su silenciosa batalla siempre victoriosa contra la paciencia que terminaba agotándola y haciéndola cambiar de parecer.

Qué circunstancia esta que me coloca en este umbral, aquí esperando en vez de renunciar, me tortura el silencio, la envidia de los aparejados, los trastos están mejor acompañados que yo con mi café, es necesario fingir que puedo sostener mi orgullo con mis tacones para no demostrar que en el fondo conservo el mal humor pesimista heredado de mi madre. Ella no tenía fe, era de estas mujeres que se esmeraba por hacer las cosas bien, pero a la perfección, porque así evitaba pedir ayuda innecesaria que terminaría decepcionándola de cualquier modo.

Aquí me quedo. Pensaba en su silencio acucioso, esperaré porque aún hay tiempo, mientras tanto adelantaré unas notas, y si entra y no me doy cuenta, odiaría si me sorprendiera por la espalda, ya con mucha intriga he sorteado mi sigilosa actuación como para sobornar la idea de esperar atenta con la de editar mis notas. Era momento de hacer antesala, pero su cabeza no daba paz, su ansiedad le hacía falsificar su sonrisa para demostrar serenidad, aunque solo aparente, entre su cintura y sus hombros se acomodaba el peso de la guardia de honor.

De a poco se cuestionaba, se pensaba en otros tantos sitios donde pudiese estar en ese momento, contemplaba en su mente la risa de otros, la risa de muchos, los colores vibrantes, la bienvenida con los abrazos y las palmadas, las conversaciones animadas minadas de anécdotas comunes, la gente ensayando cantos, golpeando copas, en términos perfectos, donde debería estar yo, pero heme aquí, aguantando la premura de desocupar esta mesa, ya se me enfrió el café, no pediré otro, no quiero más, y miraba a su alrededor y allí encontraba la risa que desataban sus ideas, otros hablaban, otros gritaban, otros comían, pero solo ella esperaba. Se sentía minúscula, se sentía apartada, se sentía mal.

Seguía agobiando el reloj, hasta que de pronto se paralizaría el segundero haciendo un eco estruendoso, era tiempo, era el momento, todo transcurrió como lo pensaría un teatrero, era aún más fantástico de lo que ella hubiese podido construir en su cabeza llena de detallados recuerdos, sin repetir un instante sus memorias, surgía de la nada un escenario diferente de donde fluían voces agudas, constelaciones de garzas blancas, y su cabeza fijaba cada estreno como el sello de una película. Ella se desdobló, se posó en sus ojos y lo seguía en cada paso avasallante, me seducía su sonrisa cortada por su barba, aún guardaba la chispa de cada una de las veces que mantuvimos encuentros en sus ojos grandes y constantes, me despojé del miedo en cuanto presentí su cercanía y ansiaba como loca sentir sus manos, era mi momento, era nuestro momento, hacían muchos años que no me sorprendía este encantamiento, se iluminó a su andar, con certeros pasos se abría entre los mesoneros que reverenciaban su escapulario llenos de cruces, silencios y muertes.

Allí se encontraron. Su mano por fin toco su hombro, cada poro de su piel volvió a respirar, pero se contuvo el verbo, surgió de la sonrisa un aroma a casta, olía a hogar, olía a él, como si el tiempo jugase a filtrar remembranzas, evocaba despedidas y bienvenidas, transitaba en su vientre las cosquillas que de siempre produjeron nostalgia, era él, quien intenté reproducir en mis viajes, cuando estuve sola cuánto extrañe sus invitaciones a colar café, que de este amargo no me queda nada, a escuchar sus historias estériles a pasearme en sus ensoñaciones, al palpitar de su pecho abierto a sus pasiones.


Padre, eras tú, aún recuerdo aquel día, era de noche y me pediste que no me alejara, era de día y me pedías que me quedara, pero en mi cien solo habitaba la añoranza de verme feliz en donde no me esperaban, donde no encontré cabida, y me esperaste, con tus muletas de recuerdos villanos, era más que fingir recreos, era malestar, y allí ahora, era yo quien te agradecía estar, y te pedí no te alejes más. Y así, continuó andando el segundero.

sábado, 23 de febrero de 2013

Terminé comenzando

y escribiendo esto, escuchando algo de orquesta, por qué no tendré mas música de Charles Trenet, ahora me refugiaré en no se quién, que suena como a depósito de caricias y que repite "me iré, me iré, me iré", si escribiera una despedida sería perfecto, pero escribo una recomendación, no cualquiera, una especial, a un ser de espanto, que de recordarlo me causa euforia de salir corriendo a golpearlo, traerlo de vuelta y repetir el último verso, sí, cuando le dije que "No" y él no entendía, o entendía cabalmente, pues así mismo volteó y se marchó, quizás por eso me molesta la cancioncita que no termina, por eso, os ruego, apague el equipo de sonido antes de escribir cualquier carta, si no quiere comenzar con firmeza y acabar deseando no haber comenzado.

sábado, 10 de noviembre de 2012

ELLA | VIEJA MUJER

Pues allí estaba, quién dijo que la sabiduría la da los años, la señora, preguntándome de amor, si lo conocía y yo queriendo saber cuántas veces ella lo había rechazado, para atajar técnicas y pulir encantos.

La nostalgia de saberse viejo y sin experiencia, torturaba sus labios, que jamás habrían sorbido más que la esperanza de un matrimonio eterno que fracasó a los dos años de haberse consumado, dejando herederos y burlonas. Yo en cambio no tendría esos anhelos, simplificaría la sed de las envidiosas solo arropándome en las noches en su lecho y en las mañanas huir sin apego a su abrazo, su beso de desayuno. Tendría cautela de no atorar mi cabello entre los minúsculos anzuelos con los que teje en sus manos los más silentes alborotos.
Causaba escalofrío la mirada ceñida de deudos de aquella vieja, la verdad me causó risa su nombre, no es parte del drama que pretende teñir este relato, ni menester mío hacerlo público para doblegar a la sensibilidad de los que leen sin ahínco, pero después de tanto mal consejo que recibiría, después de acabar con mis expectativas de ceder cautiva ante la más despiadada de las bestias que atreviese a domarme, no podría más que nombrarlo, tan solo para revelar la poca objetividad de aquello del sexto sentido, a caso su madre consideró eso como un nombre o el dorado anhelado a su querido fruto.
A mi no me ayudó, más bien quede frustrada y con mi decepción, habría de preferir conversar con mi ahijado, el que llevara días de haber abarrotado de risitas e insoportables esfínteres la casa de su madre, mi amiga, él nacería hace 15 días y ya parece un objeto incoordinable pero hermoso, que por los momentos solo estableceríamos una monologa comunicación, yo parlando y él me vería con sus pepones ojos y sin notarlo creo accedería a mis contundentes réplicas con sus continuos pataleos, claro, es hombre, no asentiría nunca, pero me reconfortaría aún más eso.
Su nombre, no el de mi ahijado, ese es muy trillado, no por lo común, sino por lo codiciado, además del parecido con que se le asocia con todas aquellas inocentes e inconscientes armas biológicas (bebés), hasta los ciertos años en que aprenden a decir que no, con decisión y una firmeza que provoca tanta risa como ganas de editar el diccionario, Ángel por su abuelo y Mathias por consenso, para perder las costumbres familiares e incluir a las amigas, esas que se aguantan los escandalosos trasnochos, en tan influyente y perdurable decisión, sería lo poco que nos tocaría después de que desperdiciaran tan buenos consejos.
Pero aquel nombre, no dejaría de volver inconsolable mi noche, sería conveniente haberle preguntado su apellido, para convertirla así en una dama seria, de catálogo, así la sujetaría entre mis asombros y reversionaria aquella conversación de diván.
Le añejaría las dudas con perspicaces ironías. Le colocaría acentuaciones en donde le falló la voz por la nostalgia. Acortaría las pausas largas por unas suaves y un pequeño gesto en la ceja. Oh, haría que su cabello vibrara con la brisa mientras sonreía recordando sus amores de antaño, catatónicos, podridos e invertebrados, pero amores. No le quitaría sus aquellas tantas arrugas alrededor de los ojos, le sentaban bien en la nocturnidad y con sus ideas, pero sí le largaría con un solo traste la tartamudez con que repetía el nombre del ex, exesposo. Siendo ella tartamudeara con el propio, que no le ha ayudado a cuajar los pormenores de su vida, pero no por el infiel que se fue por lo que nunca rogaría escuchar.
Aquella noche, accidentada noche en que me toparía con aquella vieja mujer, cuyo nombre me permitiré nombrarles, le acotaba mis dudas de comenzar lo que ya había abandonado tantas veces, y que sorteaba tropezar de nuevo, ahora que la edad me exigía nuevos y mejores resultados, el reto merecía el apoyo de la humanidad entera, pues esa misma humanidad habría sido responsables de esos mis más hondos descartes y desaciertos. Pero el azar no me proporcionó la ayuda suficiente, merecía más violencia en los comentarios, no congeniar una idea. Dios se apiade de ella.
Pero ahora de mí.
Su nombre, en realidad no era malo, confuso,  más bien era engreído, qué se creería ella, que su edad infinita le haría revivir al pestañar amores, que su pérfida inocencia le haría rescatar los prófugos barcos perdidos, extraviados abrazos, afligidos besos, insolentes adioses, despedidas amargas, insolentes y amargas despedidas y adioses. Que tortura esa noche. Lánguida noche tortuosa.
Se llamaba, porque su nombre tiene un concepto aceptado por la sociedad que comprende estudios sórdidos de poetizas y romeos, que en mi consideración no bastan para explicarlo. Su nombre acaricia las penas y siempre asiste a quien se arrincona a su merced. Ahora yo, desde esta orilla, pienso que ella fue más valiente en aceptar sus mil derrotas, cuántas veces se lanzó al vació, cuántas veces fue atajada, cuántas no, ya tendría alas para planear sobre el asfalto duro de la mentira carroña, su cama daría vértigo de lo hondo de sus aplausos, cada teatro merece su público. Ella sigue presentándose como Consuelo, y yo no entiendo por qué a su edad no usa un pseudónimo, más animado.

jueves, 5 de julio de 2012

Para contarlo, hay que intentarlo.

Generalicemos, aquí sentimos miedo al fracaso porque alguien nos satanizó el concepto, además que nadie nos termina de aclarar lo importante que es aprovechar el tiempo cuando somos jóvenes, o sí lo han hecho, pero así de jóvenes nadie cree en eso nos va a afectar.

Detengámonos ahora y hagamos el ejercicio de zonificar nuestros miedos, dejemos de generalizar. En mi particular me asusta el solo hecho de dejar de hacer cosas importantes y encontrarme a los 70 años contándole  a los nietos de mis nietos que yo tenía tanto talento que de haberlo explotado no estaría ahorita aquí contándolo. Ciertamente me preocupa ello, y haciéndolo me detengo allí. La verdad es que si me ocupara dejara de hacer lo que estoy haciendo para, con todo y su cliché, hacer cosas diferentes. Actuar.

Pero hoy me ocurrió un particular, me encontré con la palabra “fracaso”, al menos no mío, pero cuando el fracaso está cerca, lo mejor es aclararle que se vaya despidiendo, y cómo lo hacemos, recomendándole la mejor ruta: INTÉNTALO. A mí llegó un buen amigo, cuarentozo, hablándome de querer hacer lo que a mi entender  DEBE hacer, pero…. que lo está pensando. Asociarse para conformar un taller en su especialidad. Yo me preguntaba qué tanto piensa lo que tiene que hacer, sin descatalogarlo, supongo que es natural pensar que una persona que ya ha pasado por lo suficiente, que se ríe de la mano invisible del mercado, que sabe que las oportunidades caen en paracaídas y si no las agarras en el aire se pierden contra el piso, todavía dude.

Así es que me fui más allá. Me doy cuenta que líbreme de la edad que tenga, el miedo a fracasar es una constante, un monstrico incómodo que no dejará de mellar la confianza hasta que le echemos un cerro de ganas y saquemos la mano por la ventana y giremos. Generalicemos. Entonces a los 70 años le podremos contar a los nietos de nuestros nietos que estamos donde estamos porque hicimos lo que teníamos que hacer.