sábado, 10 de noviembre de 2012

ELLA | VIEJA MUJER

Pues allí estaba, quién dijo que la sabiduría la da los años, la señora, preguntándome de amor, si lo conocía y yo queriendo saber cuántas veces ella lo había rechazado, para atajar técnicas y pulir encantos.

La nostalgia de saberse viejo y sin experiencia, torturaba sus labios, que jamás habrían sorbido más que la esperanza de un matrimonio eterno que fracasó a los dos años de haberse consumado, dejando herederos y burlonas. Yo en cambio no tendría esos anhelos, simplificaría la sed de las envidiosas solo arropándome en las noches en su lecho y en las mañanas huir sin apego a su abrazo, su beso de desayuno. Tendría cautela de no atorar mi cabello entre los minúsculos anzuelos con los que teje en sus manos los más silentes alborotos.
Causaba escalofrío la mirada ceñida de deudos de aquella vieja, la verdad me causó risa su nombre, no es parte del drama que pretende teñir este relato, ni menester mío hacerlo público para doblegar a la sensibilidad de los que leen sin ahínco, pero después de tanto mal consejo que recibiría, después de acabar con mis expectativas de ceder cautiva ante la más despiadada de las bestias que atreviese a domarme, no podría más que nombrarlo, tan solo para revelar la poca objetividad de aquello del sexto sentido, a caso su madre consideró eso como un nombre o el dorado anhelado a su querido fruto.
A mi no me ayudó, más bien quede frustrada y con mi decepción, habría de preferir conversar con mi ahijado, el que llevara días de haber abarrotado de risitas e insoportables esfínteres la casa de su madre, mi amiga, él nacería hace 15 días y ya parece un objeto incoordinable pero hermoso, que por los momentos solo estableceríamos una monologa comunicación, yo parlando y él me vería con sus pepones ojos y sin notarlo creo accedería a mis contundentes réplicas con sus continuos pataleos, claro, es hombre, no asentiría nunca, pero me reconfortaría aún más eso.
Su nombre, no el de mi ahijado, ese es muy trillado, no por lo común, sino por lo codiciado, además del parecido con que se le asocia con todas aquellas inocentes e inconscientes armas biológicas (bebés), hasta los ciertos años en que aprenden a decir que no, con decisión y una firmeza que provoca tanta risa como ganas de editar el diccionario, Ángel por su abuelo y Mathias por consenso, para perder las costumbres familiares e incluir a las amigas, esas que se aguantan los escandalosos trasnochos, en tan influyente y perdurable decisión, sería lo poco que nos tocaría después de que desperdiciaran tan buenos consejos.
Pero aquel nombre, no dejaría de volver inconsolable mi noche, sería conveniente haberle preguntado su apellido, para convertirla así en una dama seria, de catálogo, así la sujetaría entre mis asombros y reversionaria aquella conversación de diván.
Le añejaría las dudas con perspicaces ironías. Le colocaría acentuaciones en donde le falló la voz por la nostalgia. Acortaría las pausas largas por unas suaves y un pequeño gesto en la ceja. Oh, haría que su cabello vibrara con la brisa mientras sonreía recordando sus amores de antaño, catatónicos, podridos e invertebrados, pero amores. No le quitaría sus aquellas tantas arrugas alrededor de los ojos, le sentaban bien en la nocturnidad y con sus ideas, pero sí le largaría con un solo traste la tartamudez con que repetía el nombre del ex, exesposo. Siendo ella tartamudeara con el propio, que no le ha ayudado a cuajar los pormenores de su vida, pero no por el infiel que se fue por lo que nunca rogaría escuchar.
Aquella noche, accidentada noche en que me toparía con aquella vieja mujer, cuyo nombre me permitiré nombrarles, le acotaba mis dudas de comenzar lo que ya había abandonado tantas veces, y que sorteaba tropezar de nuevo, ahora que la edad me exigía nuevos y mejores resultados, el reto merecía el apoyo de la humanidad entera, pues esa misma humanidad habría sido responsables de esos mis más hondos descartes y desaciertos. Pero el azar no me proporcionó la ayuda suficiente, merecía más violencia en los comentarios, no congeniar una idea. Dios se apiade de ella.
Pero ahora de mí.
Su nombre, en realidad no era malo, confuso,  más bien era engreído, qué se creería ella, que su edad infinita le haría revivir al pestañar amores, que su pérfida inocencia le haría rescatar los prófugos barcos perdidos, extraviados abrazos, afligidos besos, insolentes adioses, despedidas amargas, insolentes y amargas despedidas y adioses. Que tortura esa noche. Lánguida noche tortuosa.
Se llamaba, porque su nombre tiene un concepto aceptado por la sociedad que comprende estudios sórdidos de poetizas y romeos, que en mi consideración no bastan para explicarlo. Su nombre acaricia las penas y siempre asiste a quien se arrincona a su merced. Ahora yo, desde esta orilla, pienso que ella fue más valiente en aceptar sus mil derrotas, cuántas veces se lanzó al vació, cuántas veces fue atajada, cuántas no, ya tendría alas para planear sobre el asfalto duro de la mentira carroña, su cama daría vértigo de lo hondo de sus aplausos, cada teatro merece su público. Ella sigue presentándose como Consuelo, y yo no entiendo por qué a su edad no usa un pseudónimo, más animado.

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