La nostalgia de saberse viejo y
sin experiencia, torturaba sus labios, que jamás habrían sorbido más que la
esperanza de un matrimonio eterno que fracasó a los dos años de haberse
consumado, dejando herederos y burlonas. Yo en cambio no tendría esos anhelos,
simplificaría la sed de las envidiosas solo arropándome en las noches en su
lecho y en las mañanas huir sin apego a su abrazo, su beso de desayuno. Tendría
cautela de no atorar mi cabello entre los minúsculos anzuelos con los que teje
en sus manos los más silentes alborotos.
Causaba escalofrío la mirada
ceñida de deudos de aquella vieja, la verdad me causó risa su nombre, no es
parte del drama que pretende teñir este relato, ni menester mío hacerlo público
para doblegar a la sensibilidad de los que leen sin ahínco, pero después de
tanto mal consejo que recibiría, después de acabar con mis expectativas de ceder
cautiva ante la más despiadada de las bestias que atreviese a domarme, no
podría más que nombrarlo, tan solo para revelar la poca objetividad de aquello
del sexto sentido, a caso su madre consideró eso como un nombre o el dorado
anhelado a su querido fruto.
A mi no me ayudó, más bien quede
frustrada y con mi decepción, habría de preferir conversar con mi ahijado, el
que llevara días de haber abarrotado de risitas e insoportables esfínteres la
casa de su madre, mi amiga, él nacería hace 15 días y ya parece un objeto
incoordinable pero hermoso, que por los momentos solo estableceríamos una monologa
comunicación, yo parlando y él me vería con sus pepones ojos y sin notarlo creo
accedería a mis contundentes réplicas con sus continuos pataleos, claro, es
hombre, no asentiría nunca, pero me reconfortaría aún más eso.
Su nombre, no el de mi ahijado,
ese es muy trillado, no por lo común, sino por lo codiciado, además del
parecido con que se le asocia con todas aquellas inocentes e inconscientes armas
biológicas (bebés), hasta los ciertos años en que aprenden a decir que no, con
decisión y una firmeza que provoca tanta risa como ganas de editar el
diccionario, Ángel por su abuelo y Mathias por consenso, para perder las
costumbres familiares e incluir a las amigas, esas que se aguantan los
escandalosos trasnochos, en tan influyente y perdurable decisión, sería lo poco
que nos tocaría después de que desperdiciaran tan buenos consejos.
Pero aquel nombre, no dejaría de
volver inconsolable mi noche, sería conveniente haberle preguntado su apellido,
para convertirla así en una dama seria, de catálogo, así la sujetaría entre mis
asombros y reversionaria aquella conversación de diván.
Le añejaría las dudas con
perspicaces ironías. Le colocaría acentuaciones en donde le falló la voz por la
nostalgia. Acortaría las pausas largas por unas suaves y un pequeño gesto en la
ceja. Oh, haría que su cabello vibrara con la brisa mientras sonreía recordando
sus amores de antaño, catatónicos, podridos e invertebrados, pero amores. No le
quitaría sus aquellas tantas arrugas alrededor de los ojos, le sentaban bien en
la nocturnidad y con sus ideas, pero sí le largaría con un solo traste la
tartamudez con que repetía el nombre del ex, exesposo. Siendo ella tartamudeara
con el propio, que no le ha ayudado a cuajar los pormenores de su vida, pero no
por el infiel que se fue por lo que nunca rogaría escuchar.
Aquella noche, accidentada noche
en que me toparía con aquella vieja mujer, cuyo nombre me permitiré nombrarles,
le acotaba mis dudas de comenzar lo que ya había abandonado tantas veces, y que
sorteaba tropezar de nuevo, ahora que la edad me exigía nuevos y mejores
resultados, el reto merecía el apoyo de la humanidad entera, pues esa misma
humanidad habría sido responsables de esos mis más hondos descartes y
desaciertos. Pero el azar no me proporcionó la ayuda suficiente, merecía más
violencia en los comentarios, no congeniar una idea. Dios se apiade de ella.
Pero ahora de mí.
Su nombre, en realidad no era
malo, confuso, más bien era engreído,
qué se creería ella, que su edad infinita le haría revivir al pestañar amores,
que su pérfida inocencia le haría rescatar los prófugos barcos perdidos,
extraviados abrazos, afligidos besos, insolentes adioses, despedidas amargas,
insolentes y amargas despedidas y adioses. Que tortura esa noche. Lánguida
noche tortuosa.
Se
llamaba, porque su nombre tiene un concepto aceptado por la sociedad que
comprende estudios sórdidos de poetizas y romeos, que en mi consideración no
bastan para explicarlo. Su nombre acaricia las penas y siempre asiste a quien
se arrincona a su merced. Ahora yo, desde esta orilla, pienso que ella fue más
valiente en aceptar sus mil derrotas, cuántas veces se lanzó al vació, cuántas
veces fue atajada, cuántas no, ya tendría alas para planear sobre el asfalto
duro de la mentira carroña, su cama daría vértigo de lo hondo de sus aplausos,
cada teatro merece su público. Ella sigue presentándose como Consuelo, y yo no
entiendo por qué a su edad no usa un pseudónimo, más animado.