Erase una vez. Y así comenzaba todo.
Ella meneaba su café como para marearse con él, y sorbía de a poco para que no
se le acabase la compañía. Allí seguía esperándolo, sentada con su apoyo firme
en el suelo marmoleado, la mirada filosa, vestida como para cualquier ocasión,
no titubeaba, ni dejaba que la bruma la abstrajera en su embrollo, se concentró
en idear la forma en que entraría, velozmente clavando su mirada por doquier, y
ella allí, ensayando su mirada para hipnotizar y doblegar, pero el reloj
cabalgaba minuto a minuto y avanzaba en su silenciosa batalla siempre
victoriosa contra la paciencia que terminaba agotándola y haciéndola cambiar de
parecer.
Qué circunstancia esta que me coloca
en este umbral, aquí esperando en vez de renunciar, me tortura el silencio, la
envidia de los aparejados, los trastos están mejor acompañados que yo con mi
café, es necesario fingir que puedo sostener mi orgullo con mis tacones para no
demostrar que en el fondo conservo el mal humor pesimista heredado de mi madre.
Ella no tenía fe, era de estas mujeres que se esmeraba por hacer las cosas
bien, pero a la perfección, porque así evitaba pedir ayuda innecesaria que
terminaría decepcionándola de cualquier modo.
Aquí me quedo. Pensaba en su silencio
acucioso, esperaré porque aún hay tiempo, mientras tanto adelantaré unas notas,
y si entra y no me doy cuenta, odiaría si me sorprendiera por la espalda, ya
con mucha intriga he sorteado mi sigilosa actuación como para sobornar la idea
de esperar atenta con la de editar mis notas. Era momento de hacer antesala,
pero su cabeza no daba paz, su ansiedad le hacía falsificar su sonrisa para
demostrar serenidad, aunque solo aparente, entre su cintura y sus hombros se
acomodaba el peso de la guardia de honor.
De a poco se cuestionaba, se pensaba
en otros tantos sitios donde pudiese estar en ese momento, contemplaba en su
mente la risa de otros, la risa de muchos, los colores vibrantes, la bienvenida
con los abrazos y las palmadas, las conversaciones animadas minadas de
anécdotas comunes, la gente ensayando cantos, golpeando copas, en términos
perfectos, donde debería estar yo, pero heme aquí, aguantando la premura de
desocupar esta mesa, ya se me enfrió el café, no pediré otro, no quiero más, y
miraba a su alrededor y allí encontraba la risa que desataban sus ideas, otros
hablaban, otros gritaban, otros comían, pero solo ella esperaba. Se sentía minúscula,
se sentía apartada, se sentía mal.
Seguía agobiando el reloj, hasta que
de pronto se paralizaría el segundero haciendo un eco estruendoso, era tiempo,
era el momento, todo transcurrió como lo pensaría un teatrero, era aún más
fantástico de lo que ella hubiese podido construir en su cabeza llena de
detallados recuerdos, sin repetir un instante sus memorias, surgía de la nada
un escenario diferente de donde fluían voces agudas, constelaciones de garzas
blancas, y su cabeza fijaba cada estreno como el sello de una película. Ella se
desdobló, se posó en sus ojos y lo seguía en cada paso avasallante, me seducía
su sonrisa cortada por su barba, aún guardaba la chispa de cada una de las veces
que mantuvimos encuentros en sus ojos grandes y constantes, me despojé del
miedo en cuanto presentí su cercanía y ansiaba como loca sentir sus manos, era
mi momento, era nuestro momento, hacían muchos años que no me sorprendía este
encantamiento, se iluminó a su andar, con certeros pasos se abría entre los
mesoneros que reverenciaban su escapulario llenos de cruces, silencios y
muertes.
Allí se encontraron. Su mano por fin
toco su hombro, cada poro de su piel volvió a respirar, pero se contuvo el
verbo, surgió de la sonrisa un aroma a casta, olía a hogar, olía a él, como si
el tiempo jugase a filtrar remembranzas, evocaba despedidas y bienvenidas,
transitaba en su vientre las cosquillas que de siempre produjeron nostalgia,
era él, quien intenté reproducir en mis viajes, cuando estuve sola cuánto
extrañe sus invitaciones a colar café, que de este amargo no me queda nada, a
escuchar sus historias estériles a pasearme en sus ensoñaciones, al palpitar de
su pecho abierto a sus pasiones.
Padre, eras tú, aún recuerdo aquel
día, era de noche y me pediste que no me alejara, era de día y me pedías que me
quedara, pero en mi cien solo habitaba la añoranza de verme feliz en donde no
me esperaban, donde no encontré cabida, y me esperaste, con tus muletas de
recuerdos villanos, era más que fingir recreos, era malestar, y allí ahora, era
yo quien te agradecía estar, y te pedí no te alejes más. Y así, continuó
andando el segundero.
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